Mural en Sao Paulo, Brasil. Enero de 2015.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Herencia

 // las montañas

 me llaman y yo tengo que ir - john muir // Me piden un registro de tu voz cuando todo lo que tengo como herencia tuya son estas ganas locas de acampar que no tiene nadie más en mi familia. Me piden un registro visual de una persona a la que nunca vi pero sé que se parece a mi hermano y sé que algunas veces tiene los ojos de mi madre. Me piden una carta tuya, con quien nunca hablé, pero sé que si pudiera hablar me contarías un sinfín de maravillas sobre la selva que tanto amo y que tanto me llama. Me piden que te recuerde, pero todo recuerdo es fantasía. Algunas veces está inspirado en hechos reales, en sucesos verificables y empíricos, pero no por eso es menos inventado. Los recuerdos que puedo imaginar con vos son fantasía pura y dura, 100% manufacturados, sin una gota de realidad. La realidad, pobre, nunca tuvo tiempo de apersonarse: te fuiste de este plano antes de que me tocara ingresar a mí, nos separó el tiempo que tardó en apagarse un foquito y prenderse el siguiente. Los recuerdos que tengo con vos son tan imaginarios como las conversaciones que tendríamos si estuviéramos acampando. ¿Acamparíamos? Supongo. De qué otro lado saco yo este gusto casi incontrolable por estar rodeada de algo verde, por sentirme cerca de los bichos y arriesgarme a las picaduras sabiendo, ansiando, la maravillosa promesa que traen a cambio de tierra húmeda y musgo. El monte me cuenta cosas en un idioma que no entiendo pero que me suena conocido porque lo entendés vos, seguramente, porque cuentan que dialogabas con el monte y que a los dos les gustaba pasar tiempo juntos. El resto de la familia, al parecer, no heredó ese rasgo. Mi madre y mi abuela quedaron las dos un tanto alarmadas ante la poca atención que le pone la selva al concepto de espacio personal, espantadas por lo que vivieron en tantos fines de semana y hasta veranos enteros de campamento que les ofrecías, que les pedías, que les exigías. El monte les hablaba, tal vez, pero ellas lo escuchaban sordas de miedo en esa oscuridad de ciegos peligros, con movimientos de culebra y encierros de araña. No las culpo. Pero a mí el monte, aguado y envejecido ahora por la modernidad implacable, igual me charla y me cuenta cosas. Es solo que sin vos tardo un poco más en entenderlas. Me voy sola a acampar y me pregunto si alguna vez habría acampado con vos, abuelo. Qué rara esa palabra. Jamás la había usado para invocar a nadie. Como cuando le apuntás a alguien con una luz e inmediatamente se da vuelta. No sé qué gusto tiene, solo sé que huele a monte cuando lo digo. Abuelo. Abuelo: vamos a acampar. Contame los secretos que te confió la selva, las actividades que inventabas para tus alumnos, los campeonatos deportivos en los que te lucías, las alegrías que te hacían reír. Contame las tristezas que te pedían el remanso del alcohol, las angustias que te llevaron al silencio, las células muertas de tu cuerpo que un día decidieron maquinar en tu contra. Vamos a acampar, abuelo, y contame sobre los rincones que seguramente conocés, los trucos sobre cómo evitar picaduras o sobre cómo convivir con ellas, los secretos de la carpa en todo tipo de terrenos, para las largas horas de sol y las de tremendisima humedad. Vamos juntos, abuelo, y contame lo que no puede contarme nadie. De dónde saco estas ganas locas de acampar. Y por qué nombrarte tiene tanto olor a selva. Me piden un registro de tu voz, una foto, una carta. El monte registra, guarda, escribe. El monte recuerda. Y me invoca a recordar mi herencia.


Río Bregava - Stolac (Bosnia y Herzegovina)


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