Algeciras, septiembre de 2014
El Mediterráneo de Alicante tenía el agua a temperatura corporal, a temperatura deliciosa, a temperatura gato-contento-si-no-fuera-porque-es-agua, a temperatura de que si nunca se te dio por querer ser la Sirenita, ahora te darían ganas. Ganas de vivir, de dormir, de hacer el amor con el mar en su arrullo y murmullo de falta de olas y de turistas en septiembre.
El Mediterráneo de Algeciras, en cambio, es frío y sin la arena-salfina de Alicante, pero viene con música propia, independiente del siseo universal del mar... la ola, la onda, húmeda y espumosa, le hace cosquillas a las piedritas, las hace reír y cacarear, las hace cantar como una fuente de agua zen, como lluvia, como aplausos, como los cascaruditos-duendes blancos de Mononoke.
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