// las montañas
me llaman y yo tengo que ir - john muir // Me piden un registro de tu voz cuando todo lo que tengo como herencia tuya son estas ganas locas de acampar que no tiene nadie más en mi familia. Me piden un registro visual de una persona a la que nunca vi pero sé que se parece a mi hermano y sé que algunas veces tiene los ojos de mi madre. Me piden una carta tuya, con quien nunca hablé, pero sé que si pudiera hablar me contarías un sinfín de maravillas sobre la selva que tanto amo y que tanto me llama. Me piden que te recuerde, pero todo recuerdo es fantasía. Algunas veces está inspirado en hechos reales, en sucesos verificables y empíricos, pero no por eso es menos inventado. Los recuerdos que puedo imaginar con vos son fantasía pura y dura, 100% manufacturados, sin una gota de realidad. La realidad, pobre, nunca tuvo tiempo de apersonarse: te fuiste de este plano antes de que me tocara ingresar a mí, nos separó el tiempo que tardó en apagarse un foquito y prenderse el siguiente. Los recuerdos que tengo con vos son tan imaginarios como las conversaciones que tendríamos si estuviéramos acampando. ¿Acamparíamos? Supongo. De qué otro lado saco yo este gusto casi incontrolable por estar rodeada de algo verde, por sentirme cerca de los bichos y arriesgarme a las picaduras sabiendo, ansiando, la maravillosa promesa que traen a cambio de tierra húmeda y musgo. El monte me cuenta cosas en un idioma que no entiendo pero que me suena conocido porque lo entendés vos, seguramente, porque cuentan que dialogabas con el monte y que a los dos les gustaba pasar tiempo juntos. El resto de la familia, al parecer, no heredó ese rasgo. Mi madre y mi abuela quedaron las dos un tanto alarmadas ante la poca atención que le pone la selva al concepto de espacio personal, espantadas por lo que vivieron en tantos fines de semana y hasta veranos enteros de campamento que les ofrecías, que les pedías, que les exigías. El monte les hablaba, tal vez, pero ellas lo escuchaban sordas de miedo en esa oscuridad de ciegos peligros, con movimientos de culebra y encierros de araña. No las culpo. Pero a mí el monte, aguado y envejecido ahora por la modernidad implacable, igual me charla y me cuenta cosas. Es solo que sin vos tardo un poco más en entenderlas. Me voy sola a acampar y me pregunto si alguna vez habría acampado con vos, abuelo. Qué rara esa palabra. Jamás la había usado para invocar a nadie. Como cuando le apuntás a alguien con una luz e inmediatamente se da vuelta. No sé qué gusto tiene, solo sé que huele a monte cuando lo digo. Abuelo. Abuelo: vamos a acampar. Contame los secretos que te confió la selva, las actividades que inventabas para tus alumnos, los campeonatos deportivos en los que te lucías, las alegrías que te hacían reír. Contame las tristezas que te pedían el remanso del alcohol, las angustias que te llevaron al silencio, las células muertas de tu cuerpo que un día decidieron maquinar en tu contra. Vamos a acampar, abuelo, y contame sobre los rincones que seguramente conocés, los trucos sobre cómo evitar picaduras o sobre cómo convivir con ellas, los secretos de la carpa en todo tipo de terrenos, para las largas horas de sol y las de tremendisima humedad. Vamos juntos, abuelo, y contame lo que no puede contarme nadie. De dónde saco estas ganas locas de acampar. Y por qué nombrarte tiene tanto olor a selva. Me piden un registro de tu voz, una foto, una carta. El monte registra, guarda, escribe. El monte recuerda. Y me invoca a recordar mi herencia.Alina Golondrina
Mural en Sao Paulo, Brasil. Enero de 2015.
jueves, 9 de septiembre de 2021
jueves, 15 de julio de 2021
Cascaruditos
Algeciras, septiembre de 2014
El Mediterráneo de Alicante tenía el agua a temperatura corporal, a temperatura deliciosa, a temperatura gato-contento-si-no-fuera-porque-es-agua, a temperatura de que si nunca se te dio por querer ser la Sirenita, ahora te darían ganas. Ganas de vivir, de dormir, de hacer el amor con el mar en su arrullo y murmullo de falta de olas y de turistas en septiembre.
El Mediterráneo de Algeciras, en cambio, es frío y sin la arena-salfina de Alicante, pero viene con música propia, independiente del siseo universal del mar... la ola, la onda, húmeda y espumosa, le hace cosquillas a las piedritas, las hace reír y cacarear, las hace cantar como una fuente de agua zen, como lluvia, como aplausos, como los cascaruditos-duendes blancos de Mononoke.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Cintas
Maia gira, Maia flota. Maia se envuelve en colores y baila. Su piel es negra, negrísima, azabache, reluciente. Su alma es pura, purísima, azulada, refulgente. Baila, con sus siete años y con ese don de fluir que tienen los chicos, con esa plena libertad que le da aceptar que quiere llamar la atención, que la miren bailar, que la miren brillar. Porque sabe que brilla, y por eso brilla más.
Yo la miro bailar, la miro brillar, la miro envolverse en colores y sonreír. Me hipnotiza, me embelesa. Me cosquillean las piernas al verla bailar, me contagia risa verla reír. Pero me quedo en el pero, me quedo en el molde, molde adulto de vergüenzas, vergüenza de soltar, de pararse y bailar, vergüenza de llamar la atención, porque eso es para chicos, no para grandes, aunque los grandes a veces se queden chicos por lo grande de sus ganas de volver a ser chicos y sentirse en posesión plena de esa libertad.
/Pero la energía da energía, el brillo da brillo. No es llamar la atención, es invitar a brillar./
Me quedo sentada y le sonrío, le doy todo de mí en mi atención incondicional. Ella baila, y brilla, y se envuelve en colores.
Desvío la vista un segundo, vuelvo a mirar.
Maia está parada al lado mío, me está mirando, intrigada, tímida, resuelta. La miro y le quiero decir en una sonrisa todo lo que no puedo con las palabras en alemán que ella entiende y que yo no sé. Me mira, me sonríe. Me da el manguito de la cinta de colores con la que baila. Una invitación muda en un idioma que entendemos las dos. Sonrío más.
Maia gira, Maia flota, Maia se ríe a carcajadas. Escucho más carcajadas, son las mías. La hago bailar, la hago girar, la hago brillar. Me hago girar, bailar, brillar. Jugamos, nos enredamos con colores, nos dejamos llevar. Una estrella a otra, un color que tiñe otro, un movimiento que ondula, que se expande, que se hace sonido y luz. La felicidad en una cinta de colores, en una canción de Ane Brun. Bailamos juntas. Terminamos en el piso, agotadas, riéndonos a carcajadas.
La madre nos mira, sonriente, siempre dulce, dulce Matina. The little wonders. Es hora de dormir, Maia. Apenas una protesta, y una respuesta con dulzura y firmeza. La puerta de la habitación se abre. Se cierra.
Vuelvo a la mesa, con mi alegría en toda la cara. Me reciben sonrisas, seguimos cenando. Siento el roce más suave del mundo en el brazo. Miro.
Maia está parada al lado mío, me está mirando, tímida, resuelta. La mira a la madre en busca de un poquito más de coraje. Un susurro en alemán, suave, alentador. Maia me mira y me pregunta mi nombre en inglés. Le sonrío más, le contesto y le digo que baila bellísimo. Me muestra todos los dientes en una sonrisa amplia como la luna y se va corriendo a la habitación.
Matina vuelve al ratito, siempre dulce:
"Maia te desea un muy lindo viaje y espera que algún día se puedan volver a ver".
Una estrella a otra. Felicidad.
--
Comparto un corto de Magnus Renfors basado en el disco It all starts with one, de Ane Brun. El corto está hecho con cuatro canciones: Words, One, Do you remember y Worship (ft. José González). Cada canción es un acto de la obra.
/Ovación de pie/
<3
Yo la miro bailar, la miro brillar, la miro envolverse en colores y sonreír. Me hipnotiza, me embelesa. Me cosquillean las piernas al verla bailar, me contagia risa verla reír. Pero me quedo en el pero, me quedo en el molde, molde adulto de vergüenzas, vergüenza de soltar, de pararse y bailar, vergüenza de llamar la atención, porque eso es para chicos, no para grandes, aunque los grandes a veces se queden chicos por lo grande de sus ganas de volver a ser chicos y sentirse en posesión plena de esa libertad.
/Pero la energía da energía, el brillo da brillo. No es llamar la atención, es invitar a brillar./
Me quedo sentada y le sonrío, le doy todo de mí en mi atención incondicional. Ella baila, y brilla, y se envuelve en colores.
Desvío la vista un segundo, vuelvo a mirar.
Maia está parada al lado mío, me está mirando, intrigada, tímida, resuelta. La miro y le quiero decir en una sonrisa todo lo que no puedo con las palabras en alemán que ella entiende y que yo no sé. Me mira, me sonríe. Me da el manguito de la cinta de colores con la que baila. Una invitación muda en un idioma que entendemos las dos. Sonrío más.
Maia gira, Maia flota, Maia se ríe a carcajadas. Escucho más carcajadas, son las mías. La hago bailar, la hago girar, la hago brillar. Me hago girar, bailar, brillar. Jugamos, nos enredamos con colores, nos dejamos llevar. Una estrella a otra, un color que tiñe otro, un movimiento que ondula, que se expande, que se hace sonido y luz. La felicidad en una cinta de colores, en una canción de Ane Brun. Bailamos juntas. Terminamos en el piso, agotadas, riéndonos a carcajadas.
La madre nos mira, sonriente, siempre dulce, dulce Matina. The little wonders. Es hora de dormir, Maia. Apenas una protesta, y una respuesta con dulzura y firmeza. La puerta de la habitación se abre. Se cierra.
Vuelvo a la mesa, con mi alegría en toda la cara. Me reciben sonrisas, seguimos cenando. Siento el roce más suave del mundo en el brazo. Miro.
Maia está parada al lado mío, me está mirando, tímida, resuelta. La mira a la madre en busca de un poquito más de coraje. Un susurro en alemán, suave, alentador. Maia me mira y me pregunta mi nombre en inglés. Le sonrío más, le contesto y le digo que baila bellísimo. Me muestra todos los dientes en una sonrisa amplia como la luna y se va corriendo a la habitación.
Matina vuelve al ratito, siempre dulce:
"Maia te desea un muy lindo viaje y espera que algún día se puedan volver a ver".
Una estrella a otra. Felicidad.
--
Comparto un corto de Magnus Renfors basado en el disco It all starts with one, de Ane Brun. El corto está hecho con cuatro canciones: Words, One, Do you remember y Worship (ft. José González). Cada canción es un acto de la obra.
/Ovación de pie/
<3
jueves, 5 de febrero de 2015
"It's such a lucky accident, having been born, that we're almost obliged to pay attention".
Via Brain Pickings, en un artículo que en algún momento de la vida me voy a dar el gusto de traducir.
Sueño.
Me despierto. No estoy segura de si soñé o si dormí como un tronco. Calculo que dormí como un tronco. Me duermo.
Sueño.
Me vuelvo a despertar. Estoy segura de que pasó algo, pero no entiendo qué. A veces es una cara que estoy segura de que no conozco. Y después me quedo pensando. ¿La conozco? Me duermo.
Sueño.
Me queda la sensación del azul muy azul de un mar. Hace calor y el agua es refrescante, pero después entro a la casa a tomar una taza de té porque hace frío. Nos sentamos abajo de una planta de kiwis en la terraza y en vez del mar veo una montaña, un meteorito. El té que tenía en la mano es una hojita de laurel que una chica arrancó de una planta al lado de un monasterio. La chica se vuelve alta y rubia y me habla en portuñol con voz de hombre, al lado del mar. Es mar es refrescante y azul, y hace calor, y estoy sola. Abro los ojos y la veo a mi hermana, durmiendo. Cierro los ojos y no entiendo dónde estoy.
Me acuerdo de cosas que no estoy segura de haber vivido. Se me ocurren historias que parecen de sueño. Abro la compu y veo fotos que no sé quién sacó. Abro un cuaderno y leo cosas que dicen que las viví yo, pero tengo mis dudas.
La realidad y el presente tienen una forma tiránica de imponerse. No preguntan, no dejan huecos: absorben. "The moment seizes you", dijeron hace poco. Y todo lo que me queda es esto. Pero sueño. Sueño con cosas que no quiero olvidar. Las fotos y mis cuadernos me miran, me preguntan, en silencio, si los voy a dejar ahí. Fueron mis cómplices y aliados en la guerra contra el olvido. Y ahora me miran con miedo. ¿Los voy a dejar solos en la pelea que yo empecé? ¿En la misión?
Buen día, buenas noches, buenas tardes. Hola, blog, tanto tiempo :)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
